
Tom estaba sentado en su oficina vacía, absorto en el trabajo, pero sus pensamientos estaban lejos. En una esquina, iluminado suavemente por una luz tenue, estaba el árbol de Navidad, rodeado de adornos brillantes. Era un recordatorio extraño y contrastante de las fiestas que hace tiempo dejó de celebrar. Allí, entre papeles cuidadosamente organizados y viejos documentos, se sentía atrapado. Todos se habían ido a casa, y él se quedó, absorbido por el trabajo que alguna vez fue el sentido de su vida. Y aunque el trabajo era su ancla, hoy no le brindaba consuelo.
Daisy, su hija, había dejado su vida hacía mucho. Desde que se fue con su madre, Tom vivió a la sombra de sus fracasos, hundiéndose cada vez más en el abismo de la soledad. Su único compañero era el interminable flujo de trabajo que le permitía no pensar en lo que ocurría fuera de la oficina. Siempre se quedaba trabajando hasta tarde, evitando regresar a su casa vacía.
Con un profundo suspiro, tomó su teléfono y marcó el número de Daisy. No era fácil. Desde hace tiempo no sabía cómo construir una relación normal con su hija. Pero hoy algo en su alma le hizo decidirse a intentarlo.

“Hola, Daisy”, dijo, intentando que su voz sonara lo más relajada posible.
“Hola, papá”, respondió ella, pero en su voz se percibía cansancio. Como siempre.
“¿Qué quiere Theo para Navidad?” preguntó Tom, para comenzar la conversación sin entrar en temas más difíciles.
“Un Furby”, respondió Daisy. “Todos los niños en la escuela lo quieren.”
“¿Furby? ¿Qué es eso?” preguntó Tom, sin entender de qué hablaba.
“Un juguete. Habla y se mueve. Todos los niños lo tienen”, explicó.
“¿Y si simplemente le doy dinero?” propuso Tom, esperando evitar comprar tal juguete.
“Sí, creo que será más fácil…” respondió Daisy, decepcionada, y rápidamente terminó la conversación.
Tom sintió cómo sus palabras lo lastimaban. No era el padre que hubiera querido ser. Estaba demasiado absorbido por sus propios problemas como para darse cuenta de cuánto ella y su hijo sufrían por su ausencia. Colgó el teléfono, pero no podía deshacerse del sentimiento de culpa que eclipsaba todo lo demás. El trabajo es trabajo, pero la familia… ella poco a poco se le escapaba de las manos.
Al día siguiente, volvió a encontrarse en el consultorio del médico. El Dr. Harris era severo, pero cariñoso, cuando hablaba sobre el estado de su salud. Tom sabía que esto se repetiría: su colesterol estaba demasiado alto, tenía que cambiar su estilo de vida. Pero, como siempre, escuchaba esos consejos sin darles mucha importancia. La costumbre de ignorar sus problemas era demasiado fuerte.

“No puedes ignorarlo, Tom”, dijo el médico, revisando su historial médico. “Tienes que cambiar tu estilo de vida.”
Tom hizo una mueca y cruzó los brazos. No quería escuchar eso. Tomó la botella de agua que Daisy le había enviado recientemente y dijo: “Bebo agua. Eso es importante, ¿verdad?”
“Está bien, pero no es suficiente. Dijiste que no hablabas con tu familia sobre tu estado. ¿Por qué?” preguntó el médico, claramente preocupado.
Tom hizo un gesto con la mano. “No hablamos. Ella no querrá ayudar. Nuestra relación no es la mejor.”
El doctor encogió los hombros. “Tienes que hablar con ella, o lo haré yo.”
Tom no quería hacerlo, pero algo en esas palabras lo conmovió. La sensación de que el tiempo se escapaba era inevitable.
En casa, Tom volvió a tomar el teléfono y marcó el número de Daisy. Cuántas veces había intentado hablar, pero siempre estaba ocupada o lo ignoraba. Hoy estaba decidido. “Daisy, necesito hablar. Tengo problemas con el corazón,” dijo en voz baja.
Del otro lado, se hizo un silencio. Daisy no sabía qué decir. Simplemente dijo: “Voy a ir mañana.”
Al día siguiente, cuando Daisy llegó, sus ojos estaban llenos de determinación. Inmediatamente llamó al médico, investigando sobre la salud de su padre. Luego se dirigió a la cocina y sacó todos los productos poco saludables de la nevera. Se sentó junto a Tom y dijo con firmeza: “Vas a vivir con nosotros. Encontramos una habitación de invitados, estarás cerca de nosotros. Encontré un gran médico. Todo está resuelto.”

Tom se sintió atrapado. “No, no puedo. Tengo que trabajar.”
“¿Trabajar? ¿De verdad?” preguntó Daisy sorprendida. “¡Tienes casi 70 años! ¿Cuánto tiempo vas a seguir viviendo así?”
Tom se entristeció. “He construido mi vida alrededor del trabajo. No sé quién soy sin él.”
“¿Y qué pasa con nosotros, con Theo?” La voz de Daisy tembló. “¡Nunca estuviste cerca, ni siquiera sabes quién es él!”
Tom guardó silencio. Su corazón se apretó. Pero aunque intentó explicarse, no sabía cómo arreglar lo que había hecho.
Después de su última pelea, volvió a intentar llamarla. Todos los días, pero siempre el buzón de voz. Dejaba mensajes, tratando de disculparse. Pero no recibió respuesta ni perdón. Estaba preocupado, hasta que un día recibió una llamada terrible. Su hija estaba en el hospital tras un accidente.
En pánico, se levantó de inmediato y corrió al hospital, pero por suerte resultó ser un error. Era otra mujer con un apellido similar. El alivio se mezclaba con el terror. Se dio cuenta de que no podía seguir esperando y perdiendo tiempo.

En Navidad, llegó a casa de Daisy disfrazado de Santa Claus. Era su manera de expresar arrepentimiento, pero también de mostrar su deseo de recuperar lo que había perdido. Estaba frente a su puerta con un Furby en las manos y sentía lo mucho que quería arreglar todo.
Cuando se abrieron las puertas, Daisy lo miró sorprendida. “¿Papá?” preguntó, sin creer lo que veía.
“Feliz Navidad,” dijo Tom, apenas conteniendo las emociones. “Sé que he sido un mal padre. Pero quiero cambiar. Quiero estar cerca, quiero ser mejor.”
Daisy no pudo contener las lágrimas. Lo abrazó, y Theo, al verlo, gritó alegremente: “¡Santa Claus!” y se lanzó a sus brazos.
Tom finalmente sintió que había encontrado algo realmente importante. Estaba dispuesto a cambiar por su familia. En ese momento entendió que el trabajo no era todo lo que importaba en la vida.







